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Homo Onubensis

Viaje a Dublín

Viaje a Dublín

En la vida hay que elegir a cada instante, mejor dicho, hay que saber elegir en cada instante lo que se quiere. Se puede desear algo a sabiendas que resultará más conveniente alguna otra bien distinta, pero se elige, se decide por determinadas características que la hacen subjetivamente especial o preferible. Es como enamorarse de una mujer bellísima siendo consciente que no será feliz a su lado, o entregarse en cuerpo y alma por una mujer cuyo corazón, cuya alma, brille en la mayor de la oscuridad con independencia de su atractivo físico.

¿Y a qué viene todo esto? Se preguntarán mis seguidores lectores. Pues el anterior símil es extrapolable a lo que siento (aun perdura en mi piel la esencia irlandesa) por mi ciudad de Dublín. Y realmente digo mía porque Dublín es una ciudad de la que te sientes partícipe, protagonista, parte de la misma, desde el primer momento que pisas sus calles.

Tal vez no tenga una gran catedral barroca ni decimonónicos conventos claustrales. No, es más, no la tiene. Pero tiene corazón. Late. Sin duda Dublín late, está viva, se siente viva. De Dublín es difícil no enamorarse. A mí ya me tiene pillado. Prometo volver.

De mi corto y modesto bagaje en lo que conocer mundo se refiere, cada capital me transfirió unos sentimientos que siguen inalterables en el paso del tiempo. Imborrable será la grandiosa Roma, la teatral Florencia, la original Venecia, la caótica Oporto, la romántica París, la autentica Lisboa… y la viva Dublín, una ciudad que te recibe con su británico sentido del humor, una ciudad que se ríe de ti y juega contigo. Igual te llueven dos gotas, que a los dos minutos te brilla el sol, que te cae un chaparrón, que te desquicia. Se ríe de ti… o contigo. El dublinés es un urbanita socialmente agradable, es un ciudadano moderno, activo, amante de la moda y de la tradición, atento a cualquier indicación o pregunta del más perdido de los visitantes. Abierto, gritón, noble… tal vez el más “mediterráneo” de los tristes británicos.

Un consejo. Dublín no se visita. Se pasea. Lo mejor de esta pequeña gran ciudad es dejarse llevar por sus calles y llenarse de ella. La verdad es que llama poderosamente la atención la vida de sus calles, llenas  de tiendas de moda, de grandes centros comerciales y de pubs. Resulta difícil la esquina que no sea uno de ellos y que desprenda gentío que entra y sale.

La ciudad se orienta en torno a dos ejes principales. De norte a sur, O´Connell Street marca el ritmo económico y turístico de la capital. De este a oeste su rio Liffey, testigo del paso de los años de una ciudad por descubrirse al mundo. Junto a su orilla, Temple Bar, o lo que es lo mismo el “acceso al río en los terrenos de William Temple”, late cada tarde al ritmo de las tabernas y los pubs repletos de propios y curiosos en sus calles llenas de color. Por cierto, los sábados, en el corazón de Temple Bar, en Meeting House Square,  se celebra el tradicional mercado tradicional, donde en multitud de carpas y tenderetes se pueden degustar platos originales de la zona y en general del mundo entero: ¡Fantásticos fideos chinos con verduras recién hechos que nos agenciamos ¿verdad mi niña?!. Al final, como remate a Temple Bar, el eje de Nicholas Street donde se oponen las dos Catedrales de Dublín, Christ Church Cathedral y St. Patricks Cathedral, dos testimonios medievales de la antigüedad e historia de la ciudad.

No muy lejos de allí es insalvable la visita a St Stephen Green, un cuidado y frondoso parque que da acceso al centro económico y comercial de Dublín. El espacio comprendido entre Grafton Street y Dawson Street es una interminable colmena de tiendas repletas de gente que va y viene, por cierto, siguiendo Grafton Street dirección al río nos encontramos la famosa escultura de Molly Malone, la pescadera cuya leyenda y sus cantos tradicionales pasaron a la historia de Irlanda convirtiéndose en el himno no oficial del rugby irlandés. Al final de esta misma calle nos encontramos el grandioso Trinity College, con su legendaria biblioteca y frente a él el edificio del Bank of Ireland, dos edificios emblemáticos de la ciudad que reciben multitud de turistas y visitas.

Pero hablar de Dublín es hablar de “pintas de cerveza”. ¿Qué sería Dublín sin su fábrica de Guinness?. La Guinnes Storehouse, al oeste de la ciudad, es posiblemente la visita clave y esencial de Dublín. Un recorrido por la historia de esta cerveza a través de su proceso de elaboración y con un final espectacular. La degustación de una pinta de cerveza negra (por cierto, la 8 maravilla del mundo) en lo alto del Gravity Bar, el acristalado y redondo bar-mirador de la vieja fábrica, es un verdadero lujo, ya que ante tus pies se muestra ese corazón latiente que es Dublín mientras disfruta del aroma de la cebada tostada.

Interesante también es Phoenix Park, un interminable tapete de césped en forma de parque,  a las afueras de la ciudad, donde los dublineses suelen acudir a practicar deporte y a disfrutar del buen tiempo (algún que otro campo de rugby salpicaba el parque… ¡qué envidia!). Este parque se sitúa a las afueras de la ciudad y no es mala idea adquirir un billete del Bus Turístico, que tiene paradas en todos los monumentos esenciales de Dublín, para ir a él. El billete tiene una validez de 24 horas, no es caro y para moverte no está nada mal ya que puedes subirte y bajarte ilimitadamente (Dublín carece de metro y solo tiene dos líneas de tranvías), ¡qué dos vueltas a la ciudad más buenas nos dimos para descansar!.

Nuestro hotel se encontraba en la zona del puerto, a apenas 10 minutos de Custom House y a 15 de O´connell Street, una zona en expansión, moderna, de grandes edificios y de gran actividad financiera. Un hotel que cumplía con creces las exigencias de mi niña. Un hotel moderno, bastante limpio, nuevo y silencioso… una gozada sin duda. La zona bastante  tranquila en donde descubrimos la novena maravilla del mundo (recordemos que la octava era la pinta de cerveza negra), The Ferryman. Según nos contaron, The Ferryman es uno de los pubs más antiguos de Dublín. Su edificio sobrevive entre gigantes de cristal a base de tradición y de sabor a la más rancia Dublín. Supuestamente era la taberna donde los viejos marineros daban buena cuenta de su suerte tras llegar a tierra. Un pub puramente irlandés, auténtico, sin necesidad de imitaciones, lleno de peculiaridades y de historias. Como nuestra historia… ¿nos seguirá buscando el camarero del bar para que le devolvamos las dos pinta que nos llevamos?. Inolvidable. En dicho bar, entre pinta y pinta y en un perfecto ambiente irlandés, disfrutamos (además de la mejor de las compañías, como siempre) del partido de la Magner League de Rugby entre Warriors y Munster.

Y como no… Dublín es tierra de rugby. En mi visita a la ciudad no podía faltar la visita a los dos grandes estadios de la ciudad. Crocke Park, templo del deporte gaélico, y Lansdowne Road, actualmente el obras y que será el centro del rugby irlandés. La verdad que sentí algo muy especial al pisar ese césped del primero de ellos. Aun recuerdo la caminata que tuvo que aguantar Nati para llegar allí para luego asistir a una visita temática del Fútbol Gaélico, el deporte propio de Irlanda.

El día de la vuelta a casa la sensación era extraña. Era como si no nos fuéramos de allí ya que sabíamos que Dublín permanecería en nosotros, en nuestra historia. Sus paseos de la mano, sus tiendas de zapatos, sus pintas de cerveza negra… todo, todo sigue intacto en nuestra memoria. De Dublín uno no se va… se aleja.

 

Ahí va La Macarena...

Hoy rescato del baúl de los recuerdos un trocito de arte. Arte que se torna en momento divino, en chispazo de gloria, en coqueteo celestial. Basta esta imagen para rebatir la duda de la existencia morfosintáctica del sublime término “pellizco”,  con lo presenciado, el vocablo se vuelve tangible, evidente. Incuestionable. Una perfecta, sinfónica y armoniosa conjunción de elementos que se alean en el mayor de los momentos de gloria que un cofrade, y valga también para el primero de los agnósticos, puede experimentar a lo largo y ancho de sus vidas.

La silente espera rota por el sordo eco de la plateada aldaba, y la misteriosa llegada de la cruz de guía calvarista, sitúan al espectador en el inquietante, y a la vez expectante, escenario de la Madrugá Sevillana en La Campana ¡Qué mejor teatro para la más grande!

El repiqueteo desacompasado al levantar de ese canon estético, que es el palio macareno, nos despierta de ese hipnótico sueño en el que ansiamos ser húmedo clavel blanco, dorado cairel descosido o nerviosilla esmeralda de Nuestra Señora que “El Gallo” tuviera honra entregarle como muestra pura de sentimiento macareno.

Y de pronto, como si con un capricho del tiempo se tratara, quiere la memoria hacernos retroceder acompañados con los sones de “Procesión de Semana Santa en Sevilla”, a una Semana Santa que se nos fue y que siempre permanece en el sentimiento sevillano. Una Semana Santa autentica, Sevillana. Marcha elegante, regia. Precisa. Y ahí va Ella… con su paso firme y sinuoso. Cadente. Milimétrico. Aristocrático. Misterio incompresible e irrepetible el del movimiento macareno. Inimitable, único. Macareno.

Y ahí sigue Ella… a lo suyo, a ser grande porque lo es.

Y casi sin tiempo a recobrar la noción del tiempo, otras notas hieren nuestros sentidos dando una vuelta de tuerca al entramado nervioso de nuestros corazones. “Coronación de la Macarena”, himno glorioso que Pedro Braña tuviera la dicha de componer en 1964. La Campana se eleva a las alturas más gloriosas del negro cielo sevillano. ¡Qué elegancia! La palabra jamás le ganará la batalla al sentimiento. Aún el mismísimo y sevillanísimo Quevedo no tendría palabras para describir y narrar un regalo del cielo como este. Imposible ante tanta grandeza. Qué envidia no ser la parte más humilde de ese tu trono, sinónimo de perfección y medida.

Y ya se va. To tieso por Calle Sierpes. Con aires de “Pasa la Virgen Macarena”, marcha, que como su nombre indica, inicia el principio del fin. El quiero ser eterno y no puedo. La Macarena, con su arte, acelera su ritmo, despidiéndose de una Campana más entregada y respetuosa que nunca. En su noche sevillana. Ya pasa la Virgen Macarena. Poco a poco, como el paso sobre los pies que manda Antonio Santiago, acercando los prematuros albores del día y con él, el epílogo trágico a la semana más grande de Sevilla.

 Pero antes de irse, como despedida,  la Reina de las reinas aligera su trote para que la mirada se fije en ella, en su manto verde manzana y oro, para grabarse en nuestras retinas como anteriormente se labró en nuestros corazones.

Ahí va la Macarena…

 

Problemas con el CONTADOR

Problemas con el CONTADOR

No es que me haya mosqueado con el bicampeón del Tour Alberto Contador no... no es eso.

Las cosas de la tecnología... mi contador de web nos dejó, pasó a mejor vida, sin duda se habrá marchado a otra web de más postín.

Bueno... no pasa nada. La vida sigue igual, eso dijo Julio Iglesias.

P.D. Personalmente siempre le sumaré las 1.800 visitas anteriores. Para mí son importantes.

Queden en paz

De vuelta a todo...

De vuelta a todo...

Se acabó. Se acabó el poder ver la hora en el despertador y darte media vuelta a sabiendas que no sonará. Se acabó la falta de rutina y el desorden vacacional. Se acabó. Volvemos a lo mismo, a la estabilidad de la monotonía de las semanas (no por ello tiene que ser negativo), volvemos a ser esas personas que somos durante once meses, esos espejos donde  repetimos los días una y otra vez.

Atrás y lejos quedan ya una vacaciones magníficas y maravillosas iniciadas en Punta Umbría junto a mi familia,  continuadas en La Antilla (deshonrosa actuación etílica con el gran Manolo Carbonero, un fortachón comunista de Jerez de los Caballeros), disfrutadas en Montecastillo, Jerez, en un idílico y desintoxicante hotel rodeado de campos de golf, e inolvidables en mi ya de por si inolvidable Dublín. Unas vacaciones donde lo mejor fue la compañía, como siempre, la de mi niña, que sigue siendo (contra viento y marea) la que me lleva de la mano por esta vida.

Señoras, Señores... bienvenidos a la feliz rutina.

Cerrado por Vacaciones

Cerrado por Vacaciones

Señoras, señores, público invisible en general... siéntense.

Por orden del señor alcalde (ego sum) de estos mis personales lares, les hago llegar y saber que el chiringuito virtual queda clausurado hasta nueva orden.

El motivo no es otro que mis co... razones se van de vacaciones. Si si, vacaciones. A mojar el culete, a comer en la playita, a viajar... ¡a gastar el dinero que no hay!.

Volveremos, sin previo aviso y sin reserva anticipada, pero vendremos con más y nuevas historias.

 

El otoño promete novedades... Solo digo eso.

to be continued...

 

Vente ya para casa... princesa

Llevas ya tres días en un nuevo Castillo, en uno que no es el tuyo, que no te corresponde, en el que te ha tocado ir a pasar unos días de vacaciones. Sé que estás como en casa, rodeada de los tuyos, de los ojos de tus padres y abuelos que miman cada gesto que haces y velan tus sueños.

Seguro que pronto volverás a tu reino con todos tus primitos, y volverás a recorrer la playa con tu gateo aun torpecillo.

Descuida que rezo por ti.

Un beso mi niña, un beso Mencía. Cúrate pronto

 

Viaje a Lisboa

Viaje a Lisboa

El pasado fin de semana nos permitimos el hacer un paréntesis en este verano laboral que se está atragantando y resultando más empalagoso  de lo que se esperaba. En esta ocasión, la escapada nos llevó hasta Lisboa, capital de Portugal, esa misma Portugal que el propio Saramago definió como la hermana siamesa de España, que nacieron unidas por la espalda y jamás se han visto las caras.

El viaje era una válvula de escape, un deseo de un reencuentro personal y como pareja que se nos hacía necesario. Tener un momento para nosotros, un motivo para apagar el mundo que nos rodea, un motivo para estar pendientes el uno del otro en cada momento. Creo que las vacaciones son para eso, para reencontrarse a sí mismo. Los hay que terminan las vacaciones más lejos y más cansados de sí mismos de cómo  las empezaron.

En apenas los dos días que duró nuestra escapada hicimos un recorrido por lo más singular e imprescindible de una capital a medio camino de envejecer o a medio resurgir, porque con Portugal nunca se sabe si avanza o permanece en su esencia más pura. Quizás sea eso lo que la hace tan peculiar, y al menos a mí, tan encantadora y autentica.

El primer día nos anduvimos los principales barrios del centro histórico. Paseamos por las calles de Rossio, con sus grandes plazas y espacios amplios; nos perdimos por lo esencial del Barrio Alto, con sus miradores y su empinadas cuestas; y por supuesto por el corazón de Lisboa, Chiado, el barrio más lisboeta y autóctono, de casas a medio lustrar, de grandes avenidas y rincones peculiares, de olor a viejas librerías.

La tarde cundió lo necesario para impregnarse de Lisboa y volver al hotel a descansar antes de salir a cenar. Anecdótica cena sin duda en aquel moderno restaurante, aquel momento cubitera quedará en nuestro recuerdo. Caótico, pero entrañable. Para nosotros queda.

Esa primera noche nos animamos a salir a tomar una copa y nuestras consultas nos trasladaron a uno de esos lugares que uno jamás olvida. El Pavilhão Chinês, en el pleno centro del Barrio Alto, nos trasladó a la mismísima mente del mismísimo Tim Burton. Un local oscuro pero lleno de la luz que emanaba su particularidad, un lugar onírico, casi de película de terror. Lo primero que nos llamó la atención fue que tuvimos que llamar al timbre para entrar. Nos recibió un camarero elegantemente vestido con chalequillo rojo que nos invitó a pasar con la mejor de la educación portuguesa. Como decía, el interior, nos hizo trasportarnos a esa escena de película donde a la luz de las velas van apareciendo misteriosas muñecas de porcelana. Pero al ir descubriendo el local, nos fuimos dando cuenta que aquello más que una cafetería era un verdadero museo de juguetes, artilugios, cacharros y cachivaches de la más variopinta naturaleza. Un sitio inolvidable, mágico, repetible, aconsejable.

En la mañana del segundo día nos dirigimos a Belem. Ese barrio con hechuras de parque de atracciones. La soleada mañana nos acompañó en nuestras visitas a Los Jerónimos, una joya su claustro por cierto, la misma Torre de Belem, el grandioso Monumento a Los Descubridores y en general todos los rincones de aquella zona repleta de turistas curiosos y variopintos. El almuerzo lo hicimos según el más puro estilo turista, es decir, buscamos uno de los restaurantes que aconsejaba nuestra guía de la ciudad, y la verdad (mira que solemos huir de estas cosas) que triunfamos. El restaurante O Carvoeiro nos ofreció, además de un fantástico trato, un suculento almuerzo a base de productos de la zona, como no, un buen pescado con una mejor elaboración.

Pero si algo no se me olvidará de la visita a Belem es el sabor de sus pasteles. Después del almuerzo fuimos a dar buena cuenta del café portugués y de sus inigualables “Pasteles de Belem” (o también llamados de nata) en la mismísima Pastelería de Belem, un sitio de lo más pintoresco y único donde un sin fin de salones te hace perderte con el olor a hojaldre recién hecho que inunda toda la cafetería. Un verdadero escándalo, un pecado.

Volvimos al centro de la ciudad y cometimos el error de seguir el ritmo y paso de los ansiosos turistas de manual. Desde la misma Plaza del Comercio subimos hasta la Catedral (Sé) y hasta el Castillo de San Jorge. La verdad fue un error (dentro de lo que cabe, entiéndase) ya que estábamos cansados de lo acumulado el día de ayer y de esa misma mañana. Estuvimos visitando los sitios con más ganas que interés, aunque hay que decir de todos modos que las vistas desde el propio Castillo eran fantásticas, teniendo a tus pies toda la ciudad de Lisboa.

La siguiente mañana era la del regreso. Atrás dejamos un día y medio en Lisboa lleno de complicidad, de cariño, de compañía… lo que buscábamos al fin y al cabo. Pero las sorpresas aun no se habían acabado.

El regreso lo hicimos en buen ritmo y en apenas dos horas y media estábamos en el Algarve de nuevo. Decidimos almorzar por la zona y, bajo la invitación y consejo de mi pequeña compañera,  terminamos en Tavira en el restaurante 4 Aguas agenciándonos un arroz de marisco en el mismo borde de la ría que sencillamente fue indescriptible. El sitio, el silencio, la temperatura, el menú… la compañía… todo era perfecto para un momento perfecto, para un viaje perfecto que daba sus últimos coletazos.

Aún nos faltaban algunos días para la desconexión de las vacaciones, pero estos dos días, en Lisboa, nos supieron a gloria. Dios mediante, próxima parada…Dublín.

Guiño Carnavalero

Pasodoble "La Soledad". La BANDA DEL CAPITÁN VENENO

La soledad es testigo
de mis castigos y glorias
primera de mis amigos
la llevo conmigo igual que una más.

La soledad me hace libre,
la soledad no me engaña.
Cuando el mundo se va
soledad es la última que me acompaña.

Es la única hermana que vence a la puesta de sol cada tarde,
la presunta culpable del amanecer sólo ante mi ventana,
la que llena mi cama de amores y niños, de abuelas y padres.

Ay mi soledad,
a nadie nunca como a ti le he sido fiel,
a lo mejor te llevo un día ante altar
porque en verdad quiero a tu vera envejecer.

Ay mi soledad,
hemos cruzado tantas ciénagas los dos,
tantos secretos que no podemos contar,
tantas palabras que dirían que es amor.

Ay soledad que a tu manera subes y me das la mano
y así los dos caminamos juntos por la carretera.
Ay soledad pa mi que yo soy un varón
y tu silueta de mujer tiene deseo embriagador
de otras mujeres que ya no me inspiraran estas canciones.
Aunque muera contigo por dios soledad solamente te pido…
que no me abandones.

Juan Carlos Aragón Becerra

Heroes de Verde

Heroes de Verde

En los últimos dos meses he disfrutado de más rugby que en el resto del año. Comenzó mi particular "gira televisiva" con la Final Four de la SIR, una competición que ha ido creciendo con el paso de las jornadas y culminó con un excelente fin de semana de rugby en Vallecas. Hubiera valido la pena acercarse por esos lares y disfrutar del selecto y emergente ambiente de rugby en España.

El viaje continuo por los Tests Match de selecciones como Nueva Zelanda, Australia o Francia. Gracias a webs como www.rojadirecta.org los aficionados al rugby podemos disfrutar de partidos que sería imposible verlos de otra manera en nuestro país. Desde aquí agradecer a todos los que forman la familia de esa web la dedicación y el esfuerzo en aportar partidos de rugby (y de todos los deportes en general).

Seguidamente me emborraché de rugby con el TOUR LIONS 2009 SOUTH AFRICA. He visto (y archivados quedan en mi colección) todos los partidos de esa gira legendaria de ese legendario equipo formado por jugadores británicos. Un lujo que se repite cada cierto tiempo.

Y para terminar, el TRI NATIONS. Llevamos tres jornadas de esta poderosa competición que reune a los tres equipos más destacados del panorama rugbístico mundial: Nueva Zelanda, Australia y Suráfrica. De ellos quiero hablaros.

Imaginemos por un momento un equipo de fútbol formado por jugadores con el físico de los de Costa de Marfil o Ghana, la calidad técnica de brasileños, la capacidad táctica de alemanes u holandeses y la picardía y "mala leche" de los argentinos. ¿Os imaginais a un equipo ásí?. Pues si lo extrapolamos al rugby, de esa mezcla salen los SPRINGBOKS, una selección que va camino de hacer historia (la ha hecho ya).

Suráfrica, o South África, que huele más a rugby, posee unos jugadores con cuerpos de super héroes de cómics. Poseen un físico impresionante que a día de hoy dista años luz de sus perseguidores (ni tan si quiera los All Blacks) y apenas hay distinciones entre delanteros y tres t... además de responderles su físico poseen un juego "aburridamente demoledor", en ocasiones violento y excesivo (siempre dentro de la legalidad claro está) donde en lo verde no existen ni los amigos ni los conocidos. Su juego de delantera es brutal: Bottha, Matfield, Smith y Smit, un interesante hallazgo de talonador Du Plessis, Burger (cuando las sanciones le dejan jugar), Spies, un incordiante 8... y un jugador que desconocía y considero que este año podría estar entre los nominados a mejor jugador del año: Heinrich Brüssow, un flanker de la escuela inteligente del wallabie George Smith, la potencia del kiwi Collins y el juego participativo del mejor Harinordoquy (una pena que se perdiera en temas extradeportivos). Se hablará mucho de este pequeño 6.

En la tres cuartos (por llamarlos así ya que son delanteros) tienen una pareja de medios de lo mejorcito en el paronama mundial Du Preez y Piennar (me gusta más que Morné Steyn) y un zaguero como Frans Steyn que se dedica a jugar a otra cosa, lo suyo no es rugby, es otro deporte.

No esconderé mi amor por los All Blacks. Siempre me he creido de ascendencia Maorí y cada vez que oigo la Haka me transporto a los verdes prados neocelandeses. Lo sé, si, soy un enamorado del XV del Helecho Plateado, un teórico del rugby de "pick and go" maorí, de trabajo de delantera, de cabezonería All Blacks. Estamos en horas bajas, pero volveremos. Pero lo cortés no quita lo valiente y a día de hoy, ninguna selección en el mundo (ni tan siquiera haciendo una selección mundial, véase Lions) es capaz de hacer sombra a los "Heroes de Verde". Si Florentino tuviera equipo de rugby ya sabría donde fichar.. ¡Si hasta el aguador Montgomery es el que má puntos a anotado con los Springboks!

Cosas de la Vida.

El Verano de los Compadres

Nueva entrada de Fali y Rafi... se aproxima la película. Promete.

"- Me remites a una fábula maravillosa que yo me se.

- Ilustrame compadre..."

 

¿Estás seguro?...

¿Estás seguro?...

Aquel suspiro chocó frontalmente con el espejo que presidía la entradita de la casa mientras, las desganadas manos, vaciaban aquellos bolsillos llenos de bultos que parecían pesarle como la vida misma. Un par de llaveros con sus inquilinos metálicos, el arañado pen drive, esa antigualla de móvil con aquella foto del verano pasado… manos que vaciaban los recuerdos y el presente.

Se sentía cansado. Más que cansado, consumido. Acabado por una situación que le hacía parecer más pequeño de lo que era. Una atmósfera compuesta de un aire sólido, grisáceo, masticable, pesado. Una vida que se le hacía cuesta arriba aunque tomara el ascensor.

Los zapatos cayeron y era tanta la soledad, que ni tan siquiera le acompañaron los sonidos del impacto con el suelo. Unos zapatos sucios, aún por desanudar, distantes entre sí, huérfanos de su par. Ya se reencontrarían mañana en sus pies, en un nuevo día, en el mismo día. En el día de siempre.

El instintivo gesto de consultar la hora mientras se quitaba el reloj le hizo recuperar la noción, que no la emoción, de un tiempo que se le hacía previsible. Las 23:31. Él mismo se sorprendió de aquella mueca que se le escapó mientras pensaba que faltaban segundos para que aquella cifra fuese capicúa.  Continuó mirando aquel regalo de Navidad hasta que apareció el nuevo: 23:32, para dejarlo en la mesita de noche junto con el libro de cabecera  recetado por su psicóloga meses atrás, “Como superar el miedo al miedo”.

Caminó desnudo por el pasillo. Le hacía bien el sentir frio del suelo en la planta de sus pies, al menos se podía permitir ese sentimiento. Caminó hasta la cocina donde aún permanecían los testigos de la excusa del desayuno. Un vaso con una cucharilla y el papel de una magdalena. Abrió el frigorífico y lo volvió a cerrar. Se hacía más solo. Tal vez sea el elemento de la casa que denote el estado de ánimo de las personas. Aquel se encontraba vació. Un tetrabrik de leche, un de par de huevos (tal vez lo que le faltaban a él) y media lechuga revestida en film transparente,  eran la justificación de tener enchufado aquel armatoste. Por un momento pensó en desenchufarlo y tirarlo por la ventana.

Desanduvo el camino hasta el dormitorio y apagó la luz. Los ruidos de la calle le hacían sentirse vivo, al menos parte de esa obra de teatro que es la vida en el que una vez más le tocó hacer el papel de árbol. Cerró los ojos y no vio nada. Ni sus sueños. Volvió a abrirlos y no vio nada. Ni a sí mismo.

Mañana será otro día… ¿estás seguro?...

Días de estío y hastío

Días de estío y hastío

La lejanía con la que veo los días señalados en el calendario como mis vacaciones me provoca cansancio. Cansancio mental, hastío, aburrimiento. Aún me falta un mes. Treinta días para saldar mi deuda laboral con los empresarios y poder dar el portazo a mis días monótonos leyendo titulares de prensa. Todo ello me afecta y lo está haciendo paralelamente al blog, a mis ganas de escribir, a mis ganas de desahogarme, a mis deseos de romper las cosas establecidas. Será el calor. O serán las pocas ganas de hacer lo que hace uno.

En la lejanía me esperan algunos días en Lisboa, un viajecito a Dublín, un fin de semana relajante en Cádiz, la fiesta del vino en Valdepeñas... y mi Punta Umabría. La hecho de menos, la necesito. Me es imprescindible el paseo por calle Ancha, el huevo york y queso del Garito, mi atardecer en el Oliver, la brisa nocturna de mi terraza... mi Punta.

No os preocupéis si me echáis en falta por aqui. Sigo en pié, dando guerra. Batallando contra todos y contra mis propios fantasmas, buscando esa estabilidad que nunca alcanzo, buscando esa utopía vital que no existe.

¡Ahi si no fuera tan complejo! (refiriéndome a mí mismo). Lo tengo todo en mis manos y no lo valoror como se merece...

Homo Onubensis Dixit

 

Viaje a Sagres

Viaje a Sagres

El fin de semana pasado nos fuimos a conocer Sagres, donde muere la Europa continental dando paso a un horizonte infinito de aguas azules. El tiempo acompañó de lo lindo en los apenas dos días que estuvimos alli. Un sol brillante y seco, un viento dormido que se dejaba caer ya entrada la noche, y una temperatura "impropias" de un verano que recién comienza. Para ser la primera de las desconexiones mentales de este verano (incierto y corto vacacionalmente) no se le puede buscar una pega. El tiempo cundió y lo supimos aprovechar relajándonos de la mejor manera que conocemos... estando juntos y sin excusas.

La Pousada do Infante (equivalente a un Parador en España) tenía unas vistas privilegiadas. El mar frente a nuestros ojos y la pared inacabada de rocas a nuestra derecha. Un lujo, una maravilla permanecer en la terraza de la habitación y respirar la brisa virgen que entra en Europa de su cansado viaje por el océano.

Del pueblo (¿?) se puede decir poco, parece más bien un goteo de casas salpicadas aquí y allá sin aparente órden lógico. Un par de calles con determinados bares de comida rápida propia para turistas y otro par de Pub al más puro estilo británico, eran la excusa comercial para el menos portugués de los pueblos del Algarve. Conocimos también Vila Do Bispo, posiblemente el centro administrativo de Sagres, un pueblecito muy pequeño donde hay un elemento primordial: los percebes. Nati y yo dimos buena cuenta de una bandeja de ese molusco elitista a medio camino entre la almeja y la navaja, eso si, sin faltar como dios manda un vinito blanco luso (aunque en esta ocasión la suerte mostró cruz regalándonos un licor peleón peleón).

Visitamos la mismísima punta de San Vicente, donde se separan las aguas oceánicas en dos. Un puro lujo visual, un capricho del viento y del mar tallado en la roca. El último día conocimos de igual modo Lagos, la segunda ciudad más importante del Algarve. Es una ciudad muy turística, se respira "guirismo" por cada rincón: souvenir, bares, tiendas... eso si, sin perder el sabor a Portugal con sus calles peculiares. Destaca Lagos por su muralla exterior que separa el casco histórico de la ciudad actual.

No podremos olvidar el almuerzo "alternativo" en la Playa do Tonel, una cala impresionante de aguas cristalinas, ni la cena en "A Tasca" un sitio que no olvidaremos, ni por su carta, ni por su precio, ni por su menú... ni por nuestras risas. Al final esa cena se convirtió en el detalle de nuestro viaje. Inolvidable. Fantástico también el menú degustación que nos ofreció el Parador el día de nuestra salida: raya, navajas, "franguinho"... un menú muy portugués, muy elaborado y exquisitamente servido.

Otras de las cosas imborrables de nuestro viaje fue "El Dromedario", un Pub donde servían los mejores cocktail que he probado en mi vida. Fueron varios las copas y vasos que sacaron vacios de nuestra mesa...

Pero si con algo me quedo de este viaje es contigo. Con tus ganas de todo, con tu fuerza, con tu alegría. Todo lo anterior me sobraba si no es contigo. Lo sabes. Todo ello es la excusa para tenerte, o al menos para disfrutar de la parte que más me gusta de tí, la que respira, la que oye, la que vive...

Un viaje inolvidable.

El Olvido

La verdad es que hace tiempo que no me desenmascaro en mi bitácora. Será el calor o esas ganas de no hacer nada propias de este verano recien nacido que se coló en nuestras casas sin permiso. Será eso, digo yo. Las ideas, los proyectos, las ilusiones todo está intacto y, confio en ello, el tiempo irá sacando de mi procesador oxidado en plena juventud las letras que desahogen la desazón e inquietud interior.

No. No me he olvidado de ti, mi blog, no.

 

Mis esencias

Mis esencias

Ayer lo mire de reojo y el recuerdo de mis dedos en su ovalado cuerpo se instaló de nuevo en lo más sincero de mi alma. Lo vi triste, vacio de su esencia que es el aire. Olvidado. Siendo apenas cuatro otoñales capas de caucho amarillento lustradas en sus tardes de gloria en albero, con el esbozo de unos gastados trazos negros en forma de hoja de helecho All Black. Demandando cariño. Inerte. Es mi balón de rugby.

El rugby se construye del pasado, de los recuerdos, sin vivir del futuro puesto que ningún jugador de rugby juega su último partido. No conozco un jugador retirado. Siempre tendrá a mano un par de botas de tacos, algún pantalón con los bolsillos descosidos de los tirones y un polo descolorido, huérfano de dorsal, grabado en los hombros con los restos verdosos de contiendas lustrosas.

El rugby te tatúa de experiencias imborrables. Conforme pasan los años de inactividad más presentes se hacen en tu vida. Ese crónico dolor de hombros, esa antigua torcedura de tobillo, esa cicatriz de la ceja, esas victorias, esas derrotas. Ese rugby. Ese silencio en el vestuario mientras te calzas las botas junto a tus quince compañeros, cada uno con su rito, con sus manías. Ese nudo en el estómago antes de pisar al césped, el campo de batalla, pensando en la necesidad de ser honrado con los tuyos y contigo mismo. Ese miedo. Si. Ese miedo a saber cómo entras en el campo pero desconocer cómo y cuándo vas a salir. El sabor a plástico mohoso del protector bucal, que tras el partido, sabrá a triunfo independientemente del resultado. Sabrá a barro, a césped. A Rugby.

Esos dedos agarrotados por los vendajes más símbolo o manía que necesidad fisiológica, esos nudillos que crujen y haces sonar para soltarlos, ese cuello más tenso que nunca.  Ese paseíllo por el túnel del vestuario con el pensamiento de que gracias a Dios estás listo para un nuevo partido. Esa primera gota de sudor al correr junto a tus compañeros, esos primeros contactos poniendo en tensión tu cuerpo, que parece que crece, que parece que deja a un lado el sentimiento de responsabilidad. Ese momento te hace ser único, especial, rugbero.

Ese silencio previo al pitido inicial, donde el hueco se instala en tus oídos alertas a la espera de la señal que de paso a las hostilidades, donde el tiempo se para. Donde, con el balón entre tus dedos, respiras hondo y lo haces soltar como la joya más preciada del universo, esperando su bote irregular para golpearlo y remitirlo a campo rival. Ese momento donde todo es cámara lenta.

Es ese primer contacto con rival, al que le miras a la cara, le ves tú mismo miedo, tú mismo respeto y tú misma fiereza. Ese primer contacto duro, seco, anárquico, marcando tu territorio, dejando tu impronta. Ese olor a rugby, a ruck ganado o perdido. A tetris humano en donde entre piernas y brazos un presuroso 9 saca de la nada un balón para transmitirlo a la tres cuartos. Olor a resaca, a sudor, a césped, olor a rugby.

El rugby es el dolor que empieza a aparecer. Ese placaje sin importancia de los primeros minutos,  ese mal gesto al caer,  esa respiración que empieza a faltar. Esa deuda pendiente con algún rival, ese golpe de castigo que pides “palos”, evadiéndote del mundo durante esa interminable carrera hacia el balón. Ese vuelo del balón en busca de esa H. Esa sensación de no querer ni poder defraudar a tus compañeros. Ese deber, tu deber, el de ser una quinceava parte de ese engranaje que es un equipo de rugby.

El rugby es el agua caliente limpiando restos de barro y de tu vida que olvidas tras el partido. Es el pasillo elegante al rival, es el apretón de manos sincero y merecido a lo que queda del jugador de rugby que va dando paso a una masa dolorida y sucia. Es el aplauso fina. Es el testigo de los tacos encarnados que quedan en tus tobillos. Es la cerveza bien fría con la que brindas por el partido, ganado o perdido, pero por el partido que acabas de regalarte a tus sentidos. El rugby es el ocultar en silencio los despojos dolorosos del partido durante días, el quitarle hierro al asunto, el no darle importancia a la escayola que llevas en el brazo tras acabar el envite.

El rugby es una manera de vivir, es un medio de vida. El rugby es la vida. El rugby, es rugby.

 

A todos aquellos que han gozado la dicha de saltar a un terreno de juego.

Y se fue...

Y se fue...

Ya se fue. Igual vino. De pronto, apresurado, fugaz… y ya volvemos a vernos haciendo cábalas con el calendario buscando las fechas que marquen el Lunes de Pentecostés. Atrás quedaron siete días de Rocío, de convivencia, de vida. Siete días donde todo se perdona buscando acercarse un poco más a ese reino celestial donde esta Nuestra Madre.

Dije en cierta ocasión que Ella es “la excusa” y no me equivoqué con ello. Una razón que nos permite acercarnos a familiares y amigos, que nos une, que permite conocernos y darnos a conocer. Buscar explicaciones metafísicas y otras diatribas triviales acerca de El Rocío es un absurdo. Esto es lo que es. Simplemente lo más grande.

Son seis con ésta las romerías de las que he formado parte y lo que más me llama la atención es que ninguna de ellas ha sido ni serán iguales las unas de las otras. En cada Rocío nos destapamos las miserias del día a día manifestándonos y viviéndolo según nuestro estado de ánimo, por eso, cada Rocío, siempre será diferente, distinto, nuevo. Pasional, romántico, frío, novedoso, sereno… cada año una sensación y siempre un mismo denominador, y como dije, una excusa: Ella. Ella siempre estará ahí, la de la mirada bajita, la de las manitas pequeñas, para ponernos en nuestro sitio y descubrirnos a nosotros mismos.

Los Ratitos son los monemas del Rocío, las unidades mínimas que conforman una semana de romería. Hay sitio para todo y todo cabe. Un rezo, un perdón, un cante, una copa, un baile, un enfado, un ¡Viva la Madre de Dios!, una risa, un ole, una salve, una mirada, un sueño… de cada uno habría que sacar su jugo y su disfrute haciendo de ese momento que sea irrepetible y único. Habrá más pero no como ese mismo, sería otro.

Cierro los ojos y aun siento el aire arenoso de cada recuerdo de mi Rocío…ese cante de Salmarina en el Camino de los Llanos surgido de voces almonteñas, esa llegada al Rocío con las olvidadas llaves de mi habitación, esa primera manzanilla en el porche de casa, esos Simpecaos llegando al Rocío, esa entrada tardía y accidentada de Emigrantes, esos primeros cantes con las voces nuevas, esas visitas de amigos, ese calor de mediodía, esa marea gris de peregrinos de Huelva entrando por el Camino de Moguer, ese paseíto para verla a Ella, esa presentación con mi Hermandad entre palmas y sevillanas, esa visita de mi madre y mi familia, esa tarde de sábado, llena de cantes, de amigos, de arte, de Rocío. Ese domingo de espera y de Rosario, de velas y destellos verdosos de bengalas que alumbran Simpecaos, esa salida anónima de la Virgen con sus campanas y su mar de devotos, esa mañana de lunes donde el sol despierta impaciente por ver a la Reina, esos cantes tradicionales a una paella nostálgica por los que ya no están, esos ratos de Rocío de conversación, de proyectos. Esa mañana gris de recogida de chismes y de últimos rezos, de despidos… esa niña a mi lado, esa almonteñita agarrada a mi mano, esa mirada de flamenca, esas flores puestas con todo el arte del mundo, ese susto por un cohete inesperado o por un caballo que se aproxima, esa vocecita que canta a media voz, esa Amada mía… esa persona por la que todo es distinto en mi vida.

Miro a mi lado y aun veo restos de trajes de cortos por planchar y botos por recoger. Ya el polvo de esos siete días desapareció de nuestra ropa y de nuestro cuerpo, pero aún perdura en nuestros sentidos, en nuestros recuerdos, en nuestros ratitos. Queda un año por delante para que todo empiece de nuevo. Solo Ella sabe si nos querrá a su lado un año más, mientras tanto, quedará dormida en nuestro corazón hasta que Ella quiera, hasta que Ella nos llame.

Al Rocío...

Inexistente e invisible público, os hago llegar el paréntesis que me voy a permitir durante estos días que me llevarán al Rocío. Será una semana de descanso mental, de excesos, de risas, de convivencia...

Volveré con más historias y nuevos relatos, aportando un poco más de frescura a mis letras cada vez más negras y pesimistas. Tal vez me vaya buscando la Luz, esa luz que sólo Ella puede aportarme.

Perdón por la ausencia de mis letras.

Nos vemos en el Rocío.

Ángeles y Demonios (Ron Howard)

Ángeles y Demonios (Ron Howard)

Segunda película (no libro, ya que su edición es anterior al Código Da Vinci) sobre el personaje de Robert Langdon (Tom Hanks), un nuevo héroe novelesco mezcla de James Bond con pizca de Indiana Jones. En esta segunda cinta dirigida por Ron Howard (Cinderella Man, Apollo 13...), el investigador es reclutado por el mismísimo Vaticano para asesorar a la policía italiana, en el caso de las fatales amenazas vertidas sobre el inminente cónclave papal difundidas por el reinstaurado grupo de los Iluminati, una arcaica asociación de científicos que debatieron los principios de la Iglesia desde la Edad Media.

La estabilidad de la Iglesia, como institución y de igual modo físicamente con el propio Vaticano, se ve amenazada por el aviso de explosión de una poderosísima bomba nuclear. Robert Langdon va siguiendo las pistas que se le presentan en ese tablero de juego mágico e inigualable que es Roma, descubriendo antiguas rutas de los Iluminati. El recorrido por la ciudad, la visita por las Iglesias y monumentos y la ficticia trama argumental de la obra es lo más destacable de una cinta que no aporta nada nuevo al panorama cinematográfico.

Sin duda el mejor parado de la obra es el propio Tom Hanks cuyos honorarios por actuar en la cinta ascendieron a 50 millones de dólares , siendo el sueldo más alto de la historia del cine solo superado por los 55 millones que cobrará Johnny Depp tras el rodaje de la cuarta parte de la saga de Piratas del Caribe.

La controversia vertida por el argumento de las obras de Dan Brown poniendo en tela de juicio a la Iglesia Católica no debe de transcender más allá de lo ficticio. Se trata de una novela pseudo-histórica que aplica situaciones, historia y personajes reales a una ficción novelesca. La búsqueda de peligrosidad e inconveniencia para una institución como la Iglesia Católica está al margen de todo tipo de interpretaciones.

Si de la primera entrega destacaba la fidelidad del director al llevar a la escena la obra de Brown, en esta segunda se acentúan los juegos y efectos especiales resultando muchísimo más “comercial” que la primera. Sin duda a historias como esta y guiones como el presentado se le pueden sacar muchísimo más jugo tanto en interpretación como en dirección. Ni Hanks, ni el resto de personajes como el frío Ewan McGregor interpretando al Camarlengo o Ayelet Zurer como Vittoria Vetra, con un logradísimo acento italiano, destacan en unas interpretaciones vacias, planas y sobreactuadas en la mayor parte de la película.

Insisto en quedarme con el inigualable escenario de la película… Roma, la ciudad eterna. Un día hablaré sobre ella.

 

 

Red de Mentiras (Ridley Scott)

Red de Mentiras (Ridley Scott)

Uno de los grandes directores del cine actual presenta de nuevo una película que al menos, dado el panorama cinematográfico en el que nos movemos, te hace permanecer sentado al sillón con los ojos bien abiertos atentos a no perder ninguno de los matices que genera esta película. Una gran cinta con una gran trama y una excelente técnica de dirección y producción

El protagonista de la cinta es Roger Ferris, un agente infiltrado de la CIA en oriente medio, interpretado por el injustamente valorado Leonardo DiCaprio, un actor que esconde mucho más de los que sus titánicos fan o detractores puedan pensar. Ferris realiza el trabajo sucio para la inteligencia americana al mando de Ed Hoffman (un pobre pero mitificado por Scott Russel Crowe) en la búsqueda de dirigentes terroristas de grupos islámicos radicales.

La trama lleva a Ferris a Jordania donde se encuentra atrapado entre dos vertientes diferentes. Por un lado por los execrables servicios de inteligencia jorndanos y por otro, por el amor de una joven enfermera. Este triunvirato y la búsqueda de las cédulas terroristas islámicas tejen un sistema de mentiras, confianza y secretismo que llevan a Ferris a situaciones límites tanto físicas como psíquicas, todo ello, bajo el amparo de la tiranía y despotismo de la CIA que maneja a su antojo las piezas del juego, poniendo en más de una ocasión en tela de juicio los intereses reales del gobiernos americano en la zona de conflicto.

Sin llegar a ser una pieza maestra del director ingles (Blade Runner, Gladiator, Thelma y Louise...) la cinta se hace entretenida y adecuada a un público aficionado a películas del género. Tal vez el director politiza demasiado el conflicto (sin duda reflejo de la situación real de la zona) dando una perspectiva muy partidaria de los distintos grupos que conforman la obra: terroristas islámicos, jornados y americanos.

Parecidos Razonables (Primera Parte...)

Parecidos Razonables (Primera Parte...)