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Homo Onubensis

Ahí va La Macarena...

Hoy rescato del baúl de los recuerdos un trocito de arte. Arte que se torna en momento divino, en chispazo de gloria, en coqueteo celestial. Basta esta imagen para rebatir la duda de la existencia morfosintáctica del sublime término “pellizco”,  con lo presenciado, el vocablo se vuelve tangible, evidente. Incuestionable. Una perfecta, sinfónica y armoniosa conjunción de elementos que se alean en el mayor de los momentos de gloria que un cofrade, y valga también para el primero de los agnósticos, puede experimentar a lo largo y ancho de sus vidas.

La silente espera rota por el sordo eco de la plateada aldaba, y la misteriosa llegada de la cruz de guía calvarista, sitúan al espectador en el inquietante, y a la vez expectante, escenario de la Madrugá Sevillana en La Campana ¡Qué mejor teatro para la más grande!

El repiqueteo desacompasado al levantar de ese canon estético, que es el palio macareno, nos despierta de ese hipnótico sueño en el que ansiamos ser húmedo clavel blanco, dorado cairel descosido o nerviosilla esmeralda de Nuestra Señora que “El Gallo” tuviera honra entregarle como muestra pura de sentimiento macareno.

Y de pronto, como si con un capricho del tiempo se tratara, quiere la memoria hacernos retroceder acompañados con los sones de “Procesión de Semana Santa en Sevilla”, a una Semana Santa que se nos fue y que siempre permanece en el sentimiento sevillano. Una Semana Santa autentica, Sevillana. Marcha elegante, regia. Precisa. Y ahí va Ella… con su paso firme y sinuoso. Cadente. Milimétrico. Aristocrático. Misterio incompresible e irrepetible el del movimiento macareno. Inimitable, único. Macareno.

Y ahí sigue Ella… a lo suyo, a ser grande porque lo es.

Y casi sin tiempo a recobrar la noción del tiempo, otras notas hieren nuestros sentidos dando una vuelta de tuerca al entramado nervioso de nuestros corazones. “Coronación de la Macarena”, himno glorioso que Pedro Braña tuviera la dicha de componer en 1964. La Campana se eleva a las alturas más gloriosas del negro cielo sevillano. ¡Qué elegancia! La palabra jamás le ganará la batalla al sentimiento. Aún el mismísimo y sevillanísimo Quevedo no tendría palabras para describir y narrar un regalo del cielo como este. Imposible ante tanta grandeza. Qué envidia no ser la parte más humilde de ese tu trono, sinónimo de perfección y medida.

Y ya se va. To tieso por Calle Sierpes. Con aires de “Pasa la Virgen Macarena”, marcha, que como su nombre indica, inicia el principio del fin. El quiero ser eterno y no puedo. La Macarena, con su arte, acelera su ritmo, despidiéndose de una Campana más entregada y respetuosa que nunca. En su noche sevillana. Ya pasa la Virgen Macarena. Poco a poco, como el paso sobre los pies que manda Antonio Santiago, acercando los prematuros albores del día y con él, el epílogo trágico a la semana más grande de Sevilla.

 Pero antes de irse, como despedida,  la Reina de las reinas aligera su trote para que la mirada se fije en ella, en su manto verde manzana y oro, para grabarse en nuestras retinas como anteriormente se labró en nuestros corazones.

Ahí va la Macarena…

 

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