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Homo Onubensis

La Priostría...sobre Semana Santa

Las Preguntas

Las Preguntas

A día de hoy desconozco si está llamando a las puertas de mi alma para quedarse, si es un romance furtivo de primavera, o si es que realmente jamás se fue de mis adentros y vuelve a despertar de su letargo.

No lo sé.

De lo que sí estoy en condiciones de afirmar es que estas letras van acompañadas, además de los sones de la grandiosa marcha Virgen de la Palma, de un cosquilleo sensorial que me anuncia la inexorable e inminente llegada de una nueva Semana Santa.

Insisto. No sé si ha venido para quedarse o es una infidelidad a mi autoimpuesta apatía cofrade.

En mi casa no cuelga ningún anhelante hábito, no hay costal a medio lavar, no hay papeleta de sitio doblada en mi cajón, no hay corbata negra para el Jueves Santo. No. No las hay. Las cosas que llenan el cajón de mi esperada Semana Santa están en mis sensaciones, en ese nerviosismo inquieto igual que el chiquillo que sabe que va a vestir su túnica por vez primera.

Este año, después de mucho tiempo, mi corazón está de Semana Santa.

No me sorprendí perdiéndome en cautivos besamanos el primer Viernes de Marzo. No me resisto a recortar del ABC o del Diario de Sevilla algún que otro artículo de actualidad cofrade. No me engaño si me obligo a navegar a diario por huelvacofrade o artesacro, buscando las novedades de cada día. No me encuentro desubicado asistiendo al IV Curso Cofrade de la UHU, asistiendo a geniales ponencias sobre los orígenes de la Semana Santa en las Ordenes Mendicantes del Medievo. No me extraño si las estanterías de mi casa vuelven a llenarse de fascículos coleccionables y DVD´s del Correo de Andalucía o del Odiel. No me engaño al intentar ocultar esa respiración más profunda al pasar junto a un naranjo, buscando el chispazo fresco de esa nevada flor hecha Semana Santa. No. Nada me resulta extraño, todo se me hace… ¿necesario?.

Busco en mi portátil Estrella Sublime, una de esas marchas eternas, sublimes… muy del gusto de un rancio y cursi como yo. De un anhelante y reinventado cofrade que ya espera el momento de su único e irrepetible “Angeleteo” en calle La Fuente.

El Abanico

El Abanico

Que la Semana Santa de Sevilla sea distinta, única e irrepetible es una certeza irrefutable por todos aquellos que más o menos tengan presente  lo que se cuece en los pucheros cofrades. A Dios gracias quedan atrás equivocados  y mal enfocados debates sobre la identidad y paralelismo, de la Semana Santa Sevillana y sus homónimas semanas satélites del bajo Guadalquivir. La contundencia y el peso histórico de la Semana Santa hispalense, arrolló los conatos de rebeldía territorial de cada semana santa andaluza. Sencillamente, pasó por encima de todas ellas cuando éstas buscaban su ratito de gloria televisivo. El fenómeno del recelo provinciano cofrade hacia Sevilla aparece a destiempo, a trasmano. Tarde. Aparece cuando la Semana Santa empieza a salir de las calles para colarse por las cajas tontas de nuestros hogares. Aparece cuando diarios como El Correo o El Diario de Sevilla inundan las estanterías andaluzas de por entonces cintas de VHS. Es ahí, y no antes, cuando nace este vocerío histérico de capillitas independentistas, que equivocan su discurso y sus modos en su lucha por la “autenticidad” de cada Semana Santa. En un intercambio de golpes la Semana Santa Sevillana saldrá victoriosa ante aquella que se ponga delante. Ninguna. Y digo bien, ninguna, está a la altura de exigencias y formalismos propios de “cada” semana santa en comparación con la sevillana.

Sería de necios enumerar las razones de esa abrumadora supremacía, pero no está mal recordar los ingredientes de este picadillo glorioso, que eleva a las mismas alturas a la semana más grande de la ciudad más grande de nuestra Andalucía. Pongamos un poquito de ciudad, ese escenario hecho a medida que enmarca a esos actores vestidos de ruan o terciopelo. El Duque, Placentines, Tetuán, Adriano, El Postigo… Añadamos una buena ración de arte, arte indiscutible en cuanto a calidad y cantidad. Démosle también un toque de historia, o de valor histórico que siendo lo mismo suena mejor. No hace falta recordar, aunque lo haga,  que desde 1356 la noche de Sevilla acoge el paso de silentes nazarenos. Por último, sazonemos todo ello con “eso” que se llama sevillanía. Ese condimento único que los hace diferentes. Se trata de ese toque místico que impregna todo lo relativo a lo cofrade, ese chispazo de arte pedante, esa consciencia de ser protagonista de la fiesta, ese copyright autentificado de generación en generación, esa manera de hacer las cosas porque así se han hecho siempre.

Semanas Santas hay muchas, distintas, diferentes, propias, interesantes, pero  es en este retal mitológico de la Atlántida que conforma el triángulo mágico Huelva-Sevilla-Cádiz (Rocío-Semana Santa-Carnaval), donde la Semana Santa toma y debe tomar esa forma y estilo tan del gusto hispalense.

Cuestionarse otras cosas es chocar contra un muro… o contra una bulla en Javier Lasso de la Vega.

Y para muestra, un morrión. Permítanme que del abanico de posibilidades emocionales y cofrades que nos ofrece cada primavera Sevilla, extraiga dos contrapuntos de la imaginaria ortodoxia sevillana. Entre una y otra imagen  hay un mundo de porqués cofrades, de respuestas para todo y para todos.

Abran sus sentidos y sus emociones y valoren ustedes mismos.

Polvo eres...

Polvo eres...

La veda del rodillazo genuflexo y de la reverencia barroca ante indiferentes sacros titulares ya está abierta. Este Coto Privado invita a los suyos a disfrutar de una fiesta cada vez más alejada de la esencia que la compone y que se pierde empalagosamente en las Doctrinas Ortodoxas con sabor a pasado. El Miércoles de Ceniza da el golpe de llamador como señal anual de ese tiempo que se torna excusa para el terno eterno de cada primavera.

Miércoles de Ceniza donde la Iglesia, eternamente bipolar, te recuerda tu lugar anónimo y carente de valor en éste mundo: “Polvo eres y en polvo te convertirás”. Hoy no eres nada, mañana tampoco. Ayer eres vida, pasado tendrás la gloria eterna… Caprichosa Doctrina que no hace más que recordarte lo intrascendente y etéreo que eres en una vida que se te ha regalado por Don Divino sin objeción permitida. Si la verdadera vida, la  eterna,  la alcanzaremos cuando ya no seamos más que polvo ¿para qué queremos ésta tan vigilada, censurada y recelosa?.

La Cuaresma no es más que esa enfermedad que precisa de cuarentena, torrija y montaje. Las reflexiones, ayunos y moralizadoras propagandas eclesiásticas pasan a un segundo plano (si no es que están en un tercero o cuarto) con la excusa de los quehaceres propios de una Casa de Hermandad. Cuarenta días de rituales marcados con la tradición impuesta del fetichismo barroco, de rutas pedestres de visitas a los sacrosantos almacenes de pasos convertidos en iglesias durante cuarenta días, de tertulias Académicas donde se ensalzan los  desastres humanitarios ante la inminente falta de cargadores apolíneos. Cuarenta días de espera trágica que se agotan irremediablemente con la mirada puesta en un cielo cada vez más gris (¿?).

Señores, Señoras, Hermanos Todos. Venida desde tiempos inmemoriales se presenta la más grandiosa obra tragicómica  que de mente humana haya sido creada: la Semana Santa.

Tontos de Capirote (Francisco Robles)

Tontos de Capirote (Francisco Robles)

En apenas de un par de tardes, o de chicotás bien medidas como diría el autor, di cuenta de esta enciclopedia biográfica de la fauna y flora que cohabitan en el mundo semanasantero. En apenas un par de tardes recorrí todas las iconografías retratadas de manera magistral en papel y pluma, de centuria macarena, faltaría más,  por este doctor a pie de calle en las cosas de las Cofradías que es Francisco Robles.

Como paréntesis relajante y cómico del mastodóntico “Un Mundo Sin Fin”  (segunda entrega de Los Pilares de la Tierra) del que ya me restan las últimos coletazos para rematarlo, me regalé a mi mismo una lectura que todo cofrade o personaje que se asemeje, debería de tener en su biblioteca.

Una lectura fugaz y una escritura empalagosamente andaluza (o sevillana) describen a la perfección lo que es el libro. Personalmente envidio esa labia, esa verborrea del centro con pronunciación de barrio. Ese giro escondido de la palabra, ese segundo sentido tan andaluz y barroco (como las Cofradías precisamente). Gente como Pacorrobles, Carlos Herrera, Tom Martín Benítez, “Pive” Amador… son embajadores de un habla andaluza culta, pero a la andaluza, sin estridencias ni locución forzada. Ellos hablan en Andaluz, hablan EL Andaluz.

A lo largo de los personajes (que no capítulos) uno se va viendo retratado en cada uno de ellos dependiendo de una etapa personal de su vida. Todos somos todos los Tontos de Capirote en uno, de todos tenemos un aire o un ramalazo en mayor o menor medida. Quien esté libre de culpa, que tire la primera piedra.

Los hay entrañables, patéticos, dolorosos, simpáticos. Pero los hay, ante todo, sevillanos y cofrades.

Después de la furtiva e infiel lectura me queda un hueco, personalmente,  en mi cabeza… Permítanmelo.

 

El Tonto de Alejamiento.

Se dice de los recién nacidos que lo hacen con un pan bajo el brazo. Alejo Miralles nació, como no podía ser de otra manera,  con un costal ceñido a su cuerpo. A las pocas horas de salir de su escondite ya formaba parte de la nómina de dos Cofradías de Penitencia, la de su padre y la de su tío, y de la Sacramental de la Parroquia Mayor. Su bautizo, precedido de estatutario quinario, lo hizo con batón de cola recogido al brazo.

Los años iban pasando y Alejo pasaba, como manda la Santa Tradición, por cada uno de los peldaños de la Gloria Cofrade: costalerito, nazarenito, monaguillito, acolitito, nazareno, costalero, viceprioste, tesorero, Teniente Hermano Mayor, Hermano Mayor, nazareno y baja de la cofradía.

Lo malo, o bueno, que ya ni se sabe, es que la Estación de Penitencia de las profesiones cofrades la hizo como si fuera la de una hermandad de silencio. Por el recorrido más corto. Rozando la cuaresmal cifra de años ya se ve “cansado de cofradías”.

-          “Uf, anda que yo no estoy alejao ni ná…” Comenta a aquel compañero juvenil de trabajadera con el que compartió tantos años bajo su palio cesleste Sampedriano.

El tonto del alejamiento aparcó lo anecdótico del momento (aún cree que Caridad del Guadalquivir es una marcha de moda) para perderse en la realidad del momento. Su altura, o hartura, desde la que ve las cosas, lo hace aséptico a comentarios de vitalísima importancia como “¿Tanterao de que este año al Palio de los Dolores no le van a tocar en todo el camino Amargura?”. Eso ya le sobra.

A él, en su distancia a pie de calle, en su anonimato para los niñitos que manejan el cotarro, sigue mintiéndose a hurtadillas entrando diariamente en las dos o tres web de información cofrade. Sigue ideando en servilletas de papel aquel altar de cultos que el destino no le permitió montar. Sigue recortando aquellas columnas anónimas de diarios interesados en desvelar rumores. Sigue fiel a su anónima cita nazarena, a sabiendas que a esas horas “estará” de viaje a Portugal o la Sierra. Sigue fiel a su tapita Agmanirense esperando la revirá Calvarista. Sigue pendiente del repetitivo coleccionable que edita el periódico de al ciudad. Sigue… y sigue… y sigue, porque Alejo no tiene sangre en sus venas, por su interior recorre ese licor almibarado y cuaresmal de una cera bien derretida.

 

A mí mismo y mi última pareja de cirio en mi última Estación de Penitencia

Ahí va La Macarena...

Hoy rescato del baúl de los recuerdos un trocito de arte. Arte que se torna en momento divino, en chispazo de gloria, en coqueteo celestial. Basta esta imagen para rebatir la duda de la existencia morfosintáctica del sublime término “pellizco”,  con lo presenciado, el vocablo se vuelve tangible, evidente. Incuestionable. Una perfecta, sinfónica y armoniosa conjunción de elementos que se alean en el mayor de los momentos de gloria que un cofrade, y valga también para el primero de los agnósticos, puede experimentar a lo largo y ancho de sus vidas.

La silente espera rota por el sordo eco de la plateada aldaba, y la misteriosa llegada de la cruz de guía calvarista, sitúan al espectador en el inquietante, y a la vez expectante, escenario de la Madrugá Sevillana en La Campana ¡Qué mejor teatro para la más grande!

El repiqueteo desacompasado al levantar de ese canon estético, que es el palio macareno, nos despierta de ese hipnótico sueño en el que ansiamos ser húmedo clavel blanco, dorado cairel descosido o nerviosilla esmeralda de Nuestra Señora que “El Gallo” tuviera honra entregarle como muestra pura de sentimiento macareno.

Y de pronto, como si con un capricho del tiempo se tratara, quiere la memoria hacernos retroceder acompañados con los sones de “Procesión de Semana Santa en Sevilla”, a una Semana Santa que se nos fue y que siempre permanece en el sentimiento sevillano. Una Semana Santa autentica, Sevillana. Marcha elegante, regia. Precisa. Y ahí va Ella… con su paso firme y sinuoso. Cadente. Milimétrico. Aristocrático. Misterio incompresible e irrepetible el del movimiento macareno. Inimitable, único. Macareno.

Y ahí sigue Ella… a lo suyo, a ser grande porque lo es.

Y casi sin tiempo a recobrar la noción del tiempo, otras notas hieren nuestros sentidos dando una vuelta de tuerca al entramado nervioso de nuestros corazones. “Coronación de la Macarena”, himno glorioso que Pedro Braña tuviera la dicha de componer en 1964. La Campana se eleva a las alturas más gloriosas del negro cielo sevillano. ¡Qué elegancia! La palabra jamás le ganará la batalla al sentimiento. Aún el mismísimo y sevillanísimo Quevedo no tendría palabras para describir y narrar un regalo del cielo como este. Imposible ante tanta grandeza. Qué envidia no ser la parte más humilde de ese tu trono, sinónimo de perfección y medida.

Y ya se va. To tieso por Calle Sierpes. Con aires de “Pasa la Virgen Macarena”, marcha, que como su nombre indica, inicia el principio del fin. El quiero ser eterno y no puedo. La Macarena, con su arte, acelera su ritmo, despidiéndose de una Campana más entregada y respetuosa que nunca. En su noche sevillana. Ya pasa la Virgen Macarena. Poco a poco, como el paso sobre los pies que manda Antonio Santiago, acercando los prematuros albores del día y con él, el epílogo trágico a la semana más grande de Sevilla.

 Pero antes de irse, como despedida,  la Reina de las reinas aligera su trote para que la mirada se fije en ella, en su manto verde manzana y oro, para grabarse en nuestras retinas como anteriormente se labró en nuestros corazones.

Ahí va la Macarena…

 

Los Sentidos

Los Sentidos

La magia de la imaginación me propone un juego y le pregunta a mis sentidos por las sensaciones que emana la  instantánea recogida por el holandés Willem Kuijpers en la Semana Santa Sevillana de 2008. Una imagen dura, horizontal, chocante y armónica al mismo tiempo.

Comenzaría el juego sensitivo por el olfato. Sin duda la foto huele a humedad, a rancio, a ese olor seco y ácido del terciopelo que se curte con los años al relente de las cuaresmas sevillanas, a sudor de costaleros en pleno esfuerzo anónimo, huele a años 30, huele a pipas y algodón de azúcar. Huele a tarde de Viernes Santo carretero por el Arenal, con las últimas luces de un sol al que le cuesta despedirse de la trágica jornada.

Si la foto tuviera sabor sería el de la canela, al recuerdo de la torrija y el arroz con leche. Al sabor áspero de ese polvo marrón que tanto endulza como amarga, como el Viernes Santo, como la foto. Un sabor a tristeza y elegancia. Un sabor a Cofradía de centro, a la perdida aristocracia sevillana que viste de negro como duelo en el día del fatal desenlace. Ese sabor de la canela que tarda en perderse, que permanece en nosotros como lo hace el lento desfilar de los nazarenos. Sabor que te pide un poco más.

El racheo pendular de los azabaches costaleros al compás de sones Cigarreros pondría la excusa sonora a esta imagen de cine mudo. Suena a suspiro de fe en un cuerpo que se encoge ante la muerta mirada de un Cristo cruficado. A vieja aldaba de bronce que llama al trabajo a los de abajo. A marcha clásica por Toneleros y al cercano murmullo del Cachorro del arrabal que se adentra en Sevilla con su corte de trianeros.

El frío bronce de las garras de águila que dan forma a los zancos del interminable canasto carretero, contrasta con las efímeras y ardientes gotas de cera que se transfiguran  en estampa cofrade en la calzada en cada semana santa. Son dos mundos diferentes, dos estadios de la divinidad, de igual modo que la dualidad de sus faldones. Por un lado el azulado y divino roce del terciopelo que perdió su brillo de lozanía dando paso a un descolorido tapiz monacal,  choca con el espinoso y dorado roleo de bordado dieciochesco que sirven de pretexto a la existencia de la heráldica central con cruz de Santiago y escudos de lambrequines de los Borbones y de los Orleans.

Y la vista… la vista que se pierde y recrea con cada detalle que nos regala la más teatral de todas las semanas santas. La vista choca ante el telón que oculta a los sacros tramoyistas que avanzan firmes como testimonio sólido de una religión que necesita más convicción que práctica. La vista se pierde en el arlequinado mosaico que forma el suelo sevillano con tanta historia y arte como modernidad y miserias. La vista se hace pasado formando parte de esta imagen que nos devuelve a lo ostentoso y arcaico que perdurará eternamente en el maravilloso espectáculo de la Semana Santa.

La Anécdota Cofrade de un Maestro

La Anécdota Cofrade de un Maestro

Concédanme hoy la licencia de citar en mi modesto espacio a una de esas personas que, con independencia de sus colores políticos, que gracias a Dios eso ya está superado, lleva a gala la bandera de Andalucía y del sentir andaluz por todos los rincones de este mundo. Permítanme hoy que rescate un pequeño fragmento del Pregón de la Semana Santa de Sevilla que en 2001 diera el enorme Carlos Herrera. Sin duda uno de esos pregones llenos de maestría y arte alejado del lirísmo bosteceador a los que nos tienen acostumbrados. Al menos, en Sevilla, cada cual arrima su pluma al árbol que le conviene, guste o no, independiente de la búsqueda del aplauso fácil. Prueba de ello son los últimos pregones editados en la vieja Híspalis, cada uno de su padre y de su madre y rebosantes de personalidad, sin necesidad de cuerdecitas o nanas. Tal vez cosas como esa les hace diferentes.

Carlos Herrera decía...

"Pero de todos los casos paradigmáticos del irresistible imán de Sevilla yo me permitiría citarles el de quién hoy es mi esposa y madre de dos sevillanos que ya se han estrenado en los trámites nazarenos.

 

Por si no lo saben, mi mujer es de origen navarro. Cuando yo le hablaba, recién ella llegada, además, de muchos años de residencia en la América Hispana, me preguntaba a mí mismo hasta qué punto estaba yo dispuesto a sacrificar mi Semana Santa en el caso de que llegáramos a más y a aquella muchacha no le entrara la Pasión por nuestras tradiciones, que, de hecho, es algo que a veces pasa.

 

De modo que aquél primer año en el que ella se llegó a Sevilla por Domingo de Ramos, les aseguro que procuré que disfrutara de la Semana Santa más excepcional que ser humano alguno haya conocido. Hablé con los capataces amigos para que le dedicaran las chicotás más emocionantes, diciéndoles si era necesario que se trataba de una pobre muchacha enferma que no acababa de recuperarse (alguno hubo que la miró, me miró a mí y me dijo "¿de recuperarse de qué, miarma?").

 

Le hice ver los misterios desde los mejores balcones, escuchar a saeteros emocionantes uno por cada lado, asistir desde rincones privilegiados a los momentos más enternecedores, presenciar desde su capilla la salida de algunos pasos y la recogida de otros... en fin, pasar una Semana que muchos sevillanos tal vez no conozcan. La cosa funcionó ya que desde aquel año se ha convertido en una sabia y prudente cofrade. Aunque el momento en el que comprobé que la Semana Santa había entrado en sus venas de forma irremediable ocurrió al cabo de tan solo un par de años, cuando, ya yo tranquilo sabiendo que no me iba a proponer que nos fuéramos a Benidorm o a Matalascañas, estábamos asistiendo en el balcón de un amigo al paso de una de las cofradías de su preferencia. Ella, aunque no se lo crean, estaba escuchando las transmisiones radiofónicas que Fran, Juanmi, Luis, Víctor, Araceli o Charo bordan en Canal Sur Radio y, en un momento determinado, hizo un gesto de manifiesto desacuerdo y enfado, ese al que me refería antes y que consiste en decir muchas veces que no con la cabeza. Cuando me interesé por lo que pasaba, temiéndome algo malo, ella, parsimoniosamente, se retiró un auricular de su oído y me espetó:

 

-¿Que qué ha pasado? Que la cofradía ha entrado con dieciocho minutos de retraso.

Y añadió:

- ¿Hay derecho a esto?

 

Les aseguro que desde ese momento estuve mucho más tranquilo. Supe que, para siempre, yo y mis generaciones venideras, seguiríamos siendo cofrades.

 

Ole.

 

El Destino

El Destino

La entrecortada y velada luna llena de Jueves Santo que se dibujaba entre la agreste arboleda más alta del Cerro de San Cristóbal, anunciaba la frialdad y magia propia de una noche de Pasión como aquella: misteriosa, azarosa, emocionante. El atrezo que formaba el paisaje de la Sierra aquella noche parecía extraído de alguna de las películas de terror sin color de los años veinte con cierto matiz buñuelesco.

 

 A veces la vida se encarga ella misma de atarte en corto a tus raíces por mucho que uno quiera olvidar el pasado y, lo que sentí aquella noche, fue un puñetazo del destino en pleno rostro.

 

Pretendía huir de todo y pensar en nada relativo a lo cofrade en esta Semana de Pasión. Tal vez ya dí esa vuelta de tuerca de cofrade ochentero, sobrado y listo de papeles que pide la cuenta con demasiada prisa. Si me fui de un modo precipitado fue porque me quise comer el mundo en tres días (o en treinta años de vida cofrade) y, como buen Rodríguez, la exageración forma parte de mi curriculum vitae. Perdí una batalla, pero gané la personal guerra que libraba con mis propios fantasmas.

 

La historia comienza de mañana. Una mañana impregnada de la primera brisa del día que acaricia la piel sin pedir permiso. Una mañana almuniense con ausencia de ruido civilizado donde el tiempo parece robarle la prisa al reloj. Una mañana de paseo buscando el brillante sol que golpea de cerca pero sin fuerza en aquella loma medieval, de saludo de “buenos días” de labios de los nobles y gentiles nativos al coincidir en la calle. Una mañana de esas, de las de la Sierra, en las que la tranquilidad parece rebosar de los quietos visillos de las viejas ventanas de Almonaster.

 

Y siempre presente y siempre visible, la silueta recortada de la torre de la Iglesia de San Martín, recinto gótico mudéjar, que parece elevarse buscando ser el reflejo del alminar de la Mezquita al otro lado del valle, de cuántas reyertas cumplidas y ajustes de cuentas de moros y cristianos habrá sido testigo, cuántos besos furtivos habrán arropado sus piedras, cuántas oraciones a Dioses distintos habrá albergado esas paredes milenarias.

 

Aquella Santa mañana la Iglesia nos sorprendió abierta. De todas las veces que hemos visitado este portal de belén en forma de pueblo, solo en una ocasión adivinamos la pequeña ojiva de su puerta entreabierta, dos sin contamos con la presente, por lo que la curiosidad y la situación, no hay que olvidar la divina festividad del día en cuestión, nos hizo que cruzáramos la puerta que separa lo celestial de lo humano y entráramos en aquella casa de Dios, estando ésta entre las más humildes que el creador pudiera tener.

 

En la raída puerta un cartel. Un sencillo folio color crema fotocopiado a color con el calendario de actos para la Semana Santa, que lejos de besamanos, triduos o quinarios, se resumían a tres eventos para cumplimentar la deuda moral con Dios. El rezo del Santo Rosario, el traslado del Cristo a su ermita… y la Procesión del Jueves Santo. Nuestra primera reacción, la de estos fugitivos del izquierdalante derechatrás, fue de sorpresa, interés y curiosidad. Y curiosidad, interés y sorpresa fue lo que sentimos al observar la conocida imagen de dos sencillas parihuelas dispuestas para cumplimentar con el rito de una salida procesional. A mi retina volvieron imágenes del pasado con pasos a medio montar en el silencio de una Iglesia. El olor a paso, el silencio que irrita el oído, las solitarias e inestables llamas de un par de velas en un altar, el haz de luz que se cuela por debajo de puertas y ventanas, miradas supersticiosas de santos más fríos que beatos… recordé aquellas sensaciones de niño en la Iglesia de San Pedro de la mano de mis padres o en las mías propias recientemente en Santa Iglesia Catedral.

 

Y allí, una vez dentro, en su interior, dos sencillas hornacinas portátiles daban cobijo a sendas imágenes. La primera, la que rendía culto a la imagen del Señor, de reducidas dimensiones y humilde, como la advocación de la imagen que soportaba, Humildad y Paciencia, una preciosa imagen datada en el último tercio del siglo XVII. Cuatro faroles en metal dorado y un friso de claveles rojos dejados caer con más devoción que maña, eran el aporte estético de aquella singular estampa.

 

Al otro lado, un no del todo pequeño paso de palio que amparaba la imagen de María Santísima. Destacaban a primera vista los tres bancos de metal gris que servirían de trabajaderas para los portadores y, seguidamente, el coqueto palio negro de bambalinas de corte juanmanuelino con bordado en oro de motivos florales. Apenas un par de candelabros de guardabrisas de tres luces y cuatro bouquet de claveles blancos enmarcan la escena del particular y singular paso de palio almuniense.  El paso de palio, el piropo más sincero y bello de un andaluz para la Madre de Dios.

 

Las diez de la noche era la hora marcada para la salida procesional de aquella improvisada Cofradía. Plan perfecto. Seríamos testigos de la salida de la procesión para luego ir a pecar conscientemente con alguno de los manjares que nos regala la tierra de la Sierra de Huelva. Desde hacía días, las reservas para las cenas en el familiar y cumplidor Rincón de Curro, estaban hechas con más ilusión que expectación y contábamos las horas para acudir a nuestra culinaria cita. Pero… si las leyes están para quebrantarlas, los planes están para hacerlos añicos.

 

Una copa de Ribera del Duero era el testigo y acompañante de la misma entrecortada y velada luna llena de Jueves Santo, que se dibujaba entre la agreste arboleda más alta del Cerro de San Cristóbal… La miraba melancólico y vacío, buscando algún resquicio que me siguiera atando al porvenir de mi vida cofrade, y conforme los árboles parían aquella luna perfecta más nacía en mí la sensación de borrar definitivamente con el pasado. Son más las heridas de guerra sufridas que las medallas que cuelgan del pecho de este mercenario de las Cofradías.

 

Con cada segundo que se consumía la noche se iba tornando más fría y solitaria. Cada paso que dábamos hacia nuestro encuentro con la Iglesia nos hacía más conscientes de la necesidad de buscar el calor del restaurante y permanecer allí al refugio de un buen vino rindiendo culto a Baco y otros dioses del Olimpo pagano.

 

Fuimos cumplidores con la hora de llegada al templo y a las diez de la noche nos presentamos a las puertas de la Iglesia Parroquial de San Martín. Apenas una veintena de fieles, o de infieles, que para el caso es lo de menos, ocupaban el interior del templo en una especie de espera y de rezo que se hacía incomprensible. Bastaron un par de minutos más para comprender la situación y así se lo hice llegar a mi mujer: “Nati, no tienen gente para sacar los pasos…”.

 

Lo que comenzó siendo un comentario a medio camino entre la anécdota y la broma fue tomando cuerpo en una especie de cosquilleo interior que me comenzaba a incomodar. Sentados en el interior de templo y desviando las miradas y los oídos de un lugar a otro, para captar las sensaciones de los presentes, la amenaza fue haciéndose realidad. Los lugareños se enumeraban y alistaban para portar las imágenes y apenas superaban la decena el número de hombres nobles y seguramente agnósticos dispuestos a cumplir con la tradición. El nerviosismo y la inquietud se iba apoderando de una masa de señoras mayores que entonaban algún que otro cántico popular de iglesia con más devoción que entonación. La situación era la definición exacta del patetismo.

 

A medio camino entre el deber y el querer o la vergüenza y la nobleza, decidimos volver a la puerta del templo y observar la inminente y caótica salida que comenzaba a organizarse.

 

Abría el cortejo dos filas de devotas longevas que a coro cantaban salves y cánticos antiguos dedicados al señor de la Humildad y Paciencia. El cromatismo de la noche, la incipiente frialdad serrana, la doliente procesión que iniciaba su caminar, la iluminada y omnipresente mezquita de fondo… eran los ingredientes de uno de esos momentos llenos de autenticidad, de veracidad, de pureza que se hacen irrepetibles y necesarios a lo largo de una vida.

 

El primer paso acarició la noche súbitamente portado por los cuatro voluntarios más octogenarios de los que se ofrecieron como cargadores de la confusa y precipitada Cofradía. Las reducidas dimensiones de la parihuela y su escaso peso así lo hicieron oportuno.

 

Pero aún faltaba por besar la calle el pequeño, pero no por ello liviano, paso de palio que acogía la imagen de la Virgen. Su salida rozó lo grotesco, lo satírico. Apenas media docena de hombros sacaban a rastras un altar que se desmoronaba como un castillo de naipes por los sufridos y violentos movimientos que los esforzados costaleros se remediaban a realizar.

 

Y no pude más…

 

Ese Quijote que habita en mi interior hizo que me acercara al paso y me dirigiese al histérico capataz ofreciendo mi ayuda para portar el paso de la Virgen. Sin darme más opción ni respiro ya estaba en el costero izquierdo (¡ay ese costero izquierdo del Señor de la Burrita…!) sujetando una de los bancos que sostenía el paso. La lógica precipitación, la desorganización y las necesidades hicieron que me colocara junto a hombres muchos más bajos que yo que anunciaban quejosos y aliviados que no soportaban carga alguna.

 

Bastó una mirada comprensiva y cómplice entre mi mujer y yo para que comprendiéramos que la cena podría esperar, que ese Jueves Santo, como hace años lo estuviera bajo la imagen de Jesús Nazareno, estaría de nuevo soportando la divina carga del peso de un paso.

 

Ese Jueves Santo me acercó de nuevo al calor de las Cofradías avivando los rescoldos de mi pasado cofrade. Me enseñó a ver el lado autentico de ellas,  el sentido original de la Semana Santa, el verdadero, donde las creencias están por encimas de mantos bordados y de Juntas de Gobierno. De varas y de mantillas. De nuevo me trasladó a tiempos ilustres de mi familia, de una familia entregada a un Domingo de Ramos o a un Sábado de Pasión. Ese paso, el más sencillo y humilde de los que he podido ser testigo, me llenó del sabor que tiene un paso de palio.

Pero como dije anteriormente, el destino, ese destino que hoy quiso hacer de mis entrañas un ovillo, aun me tenía guardado la última de las bofetadas morales y sentimentales de aquella noche.

 

Entre los nervios y la precipitación del momento aun desconocía la advocación de aquella pequeña virgen dolorosa vestida de negro y en una de las paradas que se me hacían tan necesarias, le pregunté al rechoncho cargador que me precedía en el banco por el nombre de aquella imagen de María Santísima.

 

Aquellas seis letras de su respuesta provocaron el más sincero de los surcos de lágrimas que tanto mi mujer y yo derramáramos en nuestra historia cofrade. Tal vez nadie entendiese como dos forasteros extraños podían sentir y aflorar tanta devoción hacia una imagen desconocida para ellos.

 

La respuesta de aquel hombre fue: “¿La Virgen?... Se llama Virgen de Gracia…”

 

 

Al destino.

 

I Concurso Anónimo de Torrijas Cuaresmales

I Concurso Anónimo de Torrijas Cuaresmales

Si atendemos al poco tiempo de ocio que comparto con mi mujer a lo largo de las semanas, uno de los pocos momentos que me saben a gloria son los cafelitos vespertinos que nos regalamos mutuamente.

Con la llegada de la Cuaresma, las cafeterías y bares se empapelan de desafiantes carteles hacia la recatada gula cuaresmal con dos soberanas palabras: "HAY TORRIJAS". Conociendo mi facilidad a incumplir los pecados capitales, y más concretamente el referente al placer de la comida, no dudé en hacer frente al reto de la cata de ese bizcocho almibarado con sabor a penitentes y marcarme como tarea el buscar la mejor de las torrijas que satisfagan el sentido del gusto, en el multisensorial mundo de la Semana Santa.

De la primera que di buena cuenta, en la Cafetería Cuatro Lunas, no guardo buen recuerdo. La catalogamos con una valoración de 4. Su aspecto no era del todo fiable: aplastada, cierto tono grisáceo, ni resto de rastro de su fritura, inexistencia de sabor a vino, cierta sequedad... en fin. Lo que salvó la indigesta de la misma fue su precio de 0,90 euros. Eso, y el buen trato que siempre recibimos en dicho establecimiento, fueron las motivaciones para calificarla con susodicha valoración.

Siguiendo con nuestro recorrido gastronómico,  el pasado sábado nos topamos con una delicia de torrija en la Cafetería El Corner, esa caja de cerillos hecha cantina en mitad de la entrañable calle Concepción. La verdad que no me imaginaba que íbamos a continuar la búsqueda de la torrija perfecta en dicho bar, ya que íbamos con la idea estatutaria y preceptiva del cafelito de media mañana, pero nada más cruzar la puerta (casi el único espacio libre disponible en el interior del establecimiento) mis ojos se perdieron en el rebosante y opaco licor meloso de una bandeja de Torrijas como Dios manda. Torrija de buenas dimensiones e interesante grosor, melaza justa, presencia impecable y, tal vez,  excesivo dulzor. Todo ello nos hizo valorar dicha obra de arte de la gastronomía hispánica medieval con un 7, un notable. Belleza exenta de consonancia con el justo sabor dulce y avinado de la torrija perfecta.

Un guiño en este camino. Un accésit. Una torrija fuera de concurso. Desconozco si es casualidad o no, pero la torrija que me agencié frente a la Iglesia de la Magdalena en Sevilla (cuánto dulce en este post...) me enamoró de comanda a pago. No hace falta valorarla. No quiero. Mi santificación tras ver el incómodo descendido del Jueves Santo morado y el recio crucificado de la Madrugá sevillana, me hizo quedarme con ese regusto a Cofradía elegante que dicho postre no podía sino estar a la altura de lo que presenciaron mis ojos. Un lujo (en todos los sentido, incluso en el pecuniario). La ocasión lo merecía.

La historieta de las torrijas se va animando. Aún me quedan algunos dulces cartuchos que engullir en esta divina semana de la que ya estamos llamando a su puerta.

Llegó el Viernes de Dolores y con él la preceptiva ruta cofrade-eclesial por los templos y capillas de nuestra ciudad. La visita en esta jornada a las Iglesias se hace un rito insalvable. Paseíto del brazo, sol, olor a incienso, ruborizados pasos a medio vestir, las mismas explicaciones año a año de la función de tal pieza en tal paso de palio... Viernes de Dolores. Viernes de calma. Jornada de reflexión. Y viernes de Torrija como Dios manda. Visitar el Polvorin y no dejarse caer en el Iris para "torrijear", y más siendo tal jornada, puede equipararse a uno de los pecados capitales más infernales que ser humano pueda experimentar. Asi que, al lío, y a la torrija. La pieza que nos presentaron necesitó de una mirada de algunos segundos para comprobar la realidad de su ser: si era torrija o era tortilla a la francesa. Torrija plana, amarillenta, poco frita, blanca en su interior, apenas melada... delicioso sabor. Aquí radicaba su problema. Una presencia chirigotera para un paladar exquisito. Nota: 7. Una pena.

La siguiente que forma parte de este concurso gastronómico cofrade es la que presenta la cafetería El Museo en la onubensísima calle Rico. A día de hoy la mejor que haya entrado en mi boca. Una elegante presencia en sus apenas veinticinco centímetros cuadrados, el barniz de miel que la abrigaba, el dulzor avinado que explota en el paladar... un desafío a la gula y a la tentación. Su valoración es de notable, un 8, y más sabiendo que la comanda corrió a cuenta de la casa. Un detalle a cumplidores clientes de sábado por la mañana.

Por fin dimos el salto cualitativo en lo que torrijas se respecta dentro de mi cuaresmal búsqueda culinaria. Llegaron a mis sentidos las esencias de las obras de arte hecha dulces de las manos de la tía Anamari, una cuidadosa e insuperable repostera que me deleitó el Martes Santo, día preceptivo de torrija como Dios manda, con una bandeja que rondaba la docena del manjar cofrade por antonomasia. Una torrija elegante, con cuerpo, esponjosidad justa, generoso toque de vino, miel hecha ámbar líquido y, sobre todo, un ingrediente necesario para todo presente, el cariño y cuidado que presentaban la hechura de dicha bandeja. Un único pero (personal y quisquilloso) mi paladar rebuscaba un regusto dulce que no encontraba. Un martillazo en el David de Miguel Ángel, un enganchón en una verónica de José Tomás. Su nota, 9,5. Casi ná.

 

Cuando creí que la perfección torrijera la había encontrado llegó el destino y sus caprichos y me sentó en La Cafetería de Aracena frente por frente a la Pastelería Rufino. Tras dar buena cuenta de las viandas propias serranas llegó la hora del marcado cafelito vespertino y, como no, la hora del inigualable dulcecito arundense. Entrar en Rufino es entrar en el infierno donde el pecado se hace gula en forma de pastel. Mi señora se agenció un buñuelo que bien merecería un post, un blog, para el solo. Pero no nos distraigamos entre otros manjares y vayamos a lo nuestro. La pieza que descubrí entre los azulados papeles de la pastelería mereció mi sincero y sentido aplauso. En pié, ante las sonrisas atónitas de mi esposa y quien sabe si de la concurrencia que rodeaba nuestra mesa, no dudé en aplaudir aquella obra de Dios. La encontré. La torrija perfecta. La Maradona de las Torrijas. La Macarena de los dulces cofrades. La sensación al saborearla no sostiene palabras, solo la invitación a que todos seamos partícipes en la vida de probarlas algunas vez, como hacen los musulmanes con La Meca. Sin duda todo cofrade goloso que se precie, debería peregrinar una vez en su vida a la antigua Arai Senté y cumplir con el precepto máximo de paladear la torrija perfecta. El bajar del 10 sería una grave impudicia.

 

La última de las blasfemas sagradas formas la tomé en la cafetería Casa García en Almonaster (que pueblo…). Ni las hechuras ni las formas denotaban más del 6 que le coloqué de antemano. Tuve ojo. Si tuve el valor de probarla fue para ser más consciente y autoconvencerse de lo que ya había comido antes. Poca historia, como la brevedad que le dediqué en su deglución.

 

Una vez finalizado el periodo de cobranza  de datos, y como se puede extraer de la lectura de los epígrafes anteriores, tengo el gusto de presentarles y anunciarles a su distinguida majestad la Torrija de Rufino de Aracena, como la soberana ganadora de esta excusa llamada concurso.

"El Angeleteo"

"El Angeleteo"

Tengo que ser sincero conmigo mismo y anunciar de antemano, que no me sorprende en absoluto que a la altura de Cuaresma en la que nos encontramos, apenas una decena de días para que la primera esté en la calle, aun no haya escrito nada acerca de Cofradías.

Apenas un par de artículos leídos en los medios, un par de besamanos el día del Señor Cautivo y, lo confieso abiertamente, un viacrucis con el que me encontré una tarde de vuelta a casa, han sido los actos que han marcado esta cuarentena de ceniza. Poco más, ni los he buscado ni me han llamado.

Uno echa la vista atrás y se detiene a revisar y reflexionar sobre las aportaciones de la Semana Santa (no confundamos con Iglesia ni Religión) que han incidido a lo largo de los años en tu día a día y, al menos en mi caso, el resultado se traslada hacia una apatía y pesadumbre que, como indiqué al principio, no me sorprende.

Tal vez fuera porque naciera a los meses de que mi padre  se hiciera cargo de la Cofradía de la Burrita (no porque quisiera sino porque de no haber sido así no hubieran salidos los pasos de la Iglesia) que mi infancia, niñez y adolescencia, las fui viviendo con unos juguetes particulares y únicos. Unos varales, unas bambalinas, unos respiraderos… eran los objetos que rodeaban mi vida de un modo tan natural que, ahora camino de una inacabada madurez, la insistencia de muchos en “jugar a los pasitos” al menos me resulte chocante y grotesca.

Desde monaguillo o costalero hasta “maniquí” de la mayoría de los hábitos que lucen el Domingo de Ramos la Cofradía de la Burrita, he participado del mundo de las cofradías en todos sus rincones y formas teniendo mi particular canto de cisne con la fundación de la Cofradía de la Santa Cruz, un hecho que marcó mi punto y seguido (puesto que nunca se sabe) en mi particular vida e historia cofrade.

Por lo tanto considero lógico y respetable que llegado a un determinado punto emocional y personal, uno se guarde de disfrutar de la divina semana de un modo selecto y conciso, no entrando en mis cálculos insufribles y eternas recogías a los sones de la marcha de moda o amenazantes lluvias de cera hirviendo en las bullas cangrejeras. Mis inquietudes para disfrutar de cofradías se van por otros sitios, otros momentos, otras necesidades. Un ratito de Palco con mis padres comiendo frutos secos, la preceptiva torrija de Martes Santo, el paseíto en busca de algún palio en Plaza Niña, el ramillete de azahar que pongo y perfuma la entrada de mi casa… y mi Domingo de Ramos. De todos esos momentos particulares, íntimos  e insalvables de persecución onírica cofrade me quedo, y anhelo y recreo en mi mente con frecuencia, con lo que califiqué en su día como el “Angeleteo”.

Si atendiéramos a los inexistentes y raídos cánones, estas nueve letras marcarían la definición exacta de lo que representa uno de esos momentos que podrían determinarse como exactos, correctos, concretos, puros. Me llama poderosamente la atención que de unos mimbres tan ajustados resulte uno de esos destellos mágicos que nos regala de vez en cuando nuestra fiesta. Luz, calle, palio, gentío… esta confluencia de elementos sacros se funden en el inmortal instante del paso por la calle La Fuente del palio de Nuestra Señora de Los Ángeles.

La luz apagada de un Domingo de Ramos que se niega a morir en la rancia plaza de San Pedro colma de tristeza una calle La Fuente, olvidada a medio camino entre el color a antigua nobleza de San Pedro y las nuevas formas arquitectónicas de Quintero Báez. Una calle anónima, ignorada, que va tomando su protagonismo cofrade con el paso de los años gracias a momentos como este. Momentos en los que se hace protagonista por su justa estrechez, su cálido recogimiento, su sabor a cofradías de centro. Y en ella, avanza con mesura y burguesía un palio azul cielo, un pequeño joyero que guarda receloso a la de la sonrisa inacabada. A la Reina de Los Ángeles, la chiquilla eternamente presente no sólo en su imagen que preside el salón de mi casa, sino en el corazón de toda mi familia. El motivo de muchas lágrimas derramadas, demasiadas puntadas a destiempo y testigo de una vida cofrade y humana con más desencuentros que glorias.

El palio en su regio rumbo que le lleva hasta la Mayor es abrazado por un gentío fiel, devoto  y enamorado de la mirada resbaladiza e huidiza de la que es Madre de Dios. Mecida elegante, sones exactos con recuerdos “ochenteros” de Cantillana y bálsamo de fragancias precisas conforman un hipnótico brebaje que te hechiza con cada paso que avanza hasta su templo.

Estar en presencia del palio de Nuestra Señora de Los Ángeles en la calle de La Fuente me traslada a otro tiempo, a otro lugar, a otras gentes. Me evoca recuerdos de una niñez en la que me recuerdo correteando en interminables y agotadoras noches de montaje entre extraños juguetes para críos de mi edad.